La actividad física juega un papel crucial en la conservación de la salud, especialmente a medida que nos vamos acercando a la tercera edad. Sin embargo, es preciso señalar que el simple hecho de ser activo no es suficiente; se requiere ejercicio vigoroso para mantenerse en óptimas condiciones.

Vivimos en un tiempo donde persiste (aunque cada vez menos) una discrepancia entre lo que los profesionales de la actividad física y los de medicina divulgamos. Veamos un ejemplo: Un adulto mayor visita a su médico para hacer un chequeo rutinario, y se detectan alteraciones en algunos parámetros, como el colesterol. El médico sugiere una actividad física activa, pero el paciente pregunta si caminar es una buena opción, ya que eso ya lo hace regularmente. El médico, de buen grado, apoya esta acción.

Aunque no estemos debatiendo sobre el manejo del colesterol, esta situación, muy general en la práctica clínica, ilustra un punto crucial: andar o ciclismo suave no son las únicas opciones. Se prefiere que los pacientes se sometan a entrenamientos de mayor intensidad.

Aportaré una experiencia personal, ya que soy entrenador y dietista y me encuentro con casos similares constantemente. Los médicos aconsejan caminar o nadar, pero el entrenamiento de fuerza, o cualquier otro tipo de actividad física intensiva, se ve menos frecuente.

Conocí este desacuerdo en mi propia madre de 66 años, quien luchó contra la osteoporosis y artrosis progresivas. Su tratamiento constaba solo de vitamina D y calcio. Aunque intenté convencerla de que hiciera ejercicio, los médicos estaban de su lado. Hasta hace poco, un médico me dio la razón, y mi madre comenzó a entrenar con fuerza adecuada para sus capacidades. El resultado ha sido significativo; está mucho mejor y el avance de la osteoporosis se ha ralentizado.

Esta historia nos enseña que nuestro cuerpo solo se adapta a lo que necesita adaptarse, por lo que caminar o realizar ciclismo suave está bien para mantenerse activo. Sin embargo, si buscamos combatir los efectos de la vejez es necesario practicar ejercicio con mayor intensidad.

La inactividad no es causante del envejecimiento, sino consecuencia de una falta de actividad física moderada o vigorosa. Según un estudio reciente realizado por miembros del Centro de Investigación Biomédica en Red de Fragilidad y Envejecimiento Saludable, el sedentarismo se manifiesta como resultado de una falta de ejercicio en la salud general, sobre todo en personas mayores.

Es necesario cambiar nuestra mentalidad. En lugar de pensar en “dejar de ser sedentarios”, debemos enfocarnos en cómo hacerlo. En edades avanzadas, las recomendaciones habituales (andar o ciclismo suave) son insuficientes; los adultos mayores pueden y deben beneficiarse significativamente del entrenamiento de fuerza o cardiovascular de intensidad moderada a vigorosa.

Recordemos que la fatiga no es un síntoma negativo; en realidad, es un signo de que se está haciendo ejercicio adecuadamente. A mi madre le decía: “Es normal que te canses”. La fatiga es una señal de que estamos entrenando bien y combatimos la fragilidad asociada a los mayores.