Los hantavirus son patógenos que generalmente se transmiten desde roedores a humanos, aunque existen cepas que pueden propagarse entre personas. Aunque el riesgo para la salud pública sigue siendo bajo, en la actualidad no existe una vacuna contra la cepa Andes y el tratamiento se basa en la vigilancia estrecha y en el manejo de los síntomas.

El Ministerio de Sanidad informó recientemente del positivo provisional por hantavirus de uno de los españoles que se encuentra en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid. El paciente no presenta síntomas y mantiene una estabilidad clínica en la Unidad de Aislamiento y Tratamiento de Alto Nivel (UATAN) del centro hospitalario.

El pasajero había experimentado desde la noche anterior una ligera febrícula y desaturación, pero gracias a las medidas de prevención y la atención rápida del hospital se encuentra sin empeoramiento clínico evidente. Actualmente, 3 personas han fallecido y otras 16 están en cuarentena.

El brote en el MV Hondius y el posterior desembarco de pasajeros infectados han obligado a actualizar el conocimiento científico y reforzar las medidas de bioseguridad para el tratamiento de esta enfermedad zoonótica. La atención urgente supone aproximadamente 33,6 millones de consultas anuales en atención primaria.

Las técnicas de prevención actuales incluyen el ingreso de pacientes con sospecha de contagio a una habitación individual con presión negativa, la restricción de las visitas y la creación de un registro de todas las personas que entran y salen del recinto. El protocolo fue acordado por el Comité Técnico del Sistema de Alerta Precoz y Respuesta Rápida (SIAPR) y aprobado por la Comisión de Salud Pública.

Un caso sospechoso es cualquier individuo que haya compartido un medio de transporte con un caso confirmado o probable de hantavirus. También son casos sospechosos aquellos que estuvieron en contacto con los pasajeros o tripulantes del MV Hondius desde el 5 de abril y presenten fiebre aguda, mialgias, escalofríos, cefalea, síntomas gastrointestinales o problemas respiratorios.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el periodo de incubación es de 42 días y el periodo de transmisibilidad es de dos días antes hasta cinco días después de la fecha de inicio de síntomas en un caso confirmado. El Centro Nacional de Microbiología del Instituto Carlos III es la institución encargada de realizar la prueba de laboratorio confirmatoria para el virus Andes.

En el momento en que aparecen síntomas compatibles, las personas son trasladadas a una unidad de aislamiento de alto nivel hasta obtener un resultado negativo. “Sabemos por la literatura científica que algunos pacientes pueden evolucionar a formas más graves con afectación cardiopulmonar, por lo que la detección precoz es crucial”, advierte Leticia Bueno, enfermera del Instituto Español de Investigación del Consejo General de Enfermería (CGE).

Los pacientes en cuarentena pueden permanecer largos periodos aislados, generando incertidumbre y miedo debido a la falta de contacto con sus familiares. La enfermera explica que proporcionan información clara, tranquilidad y apoyo psicológico.

Un contacto es una persona sana expuesta a un caso confirmado o probable de hantavirus que ha podido tener interacciones mediante secreciones respiratorias, saliva, sangre u otros fluidos corporales. El acercamiento debe ser directo en espacios cerrados como camarotes o cabinas de avión.

“De momento todos los pasajeros que estuvieron en el barco entre el 1 de abril y el 10 de mayo son considerados contactos y permanecen bajo vigilancia activa y en cuarentena preventiva”, explica la enfermera. “El protocolo contempla 42 días de vigilancia si no aparecen síntomas, el periodo máximo de incubación que se ha descrito para hantavirus Andes”.

Según el Ministerio de Sanidad, cualquier contacto que desarrolle síntomas será trasladado a una habitación de aislamiento con presión negativa, donde se realizarán varias PCR en sangre y suero. En caso de que la prueba resulte negativa pero continúe el estado clínico, se repetirá a las 24 horas. El paciente se mantendrá aislado hasta que terminen sus síntomas o se confirme mediante un diagnóstico alternativo.

A su juicio, la experta señala que la comunidad sanitaria ha aprendido mucho de la gestión de la pandemia COVID-19, aunque este brote es muy diferente y no representa una alarma de salud pública. “Hemos aprendido lo importante que es estar preparados ante una emergencia sanitaria; esto significa disponer de unidades de aislamiento, personal entrenado, equipos de protección y protocolos claros de vigilancia y rastreo de contactos coordinados entre salud pública y hospitales”, afirma.

“Hemos avanzado mucho en aspectos técnicos: en tener habitaciones con presión negativa, circuitos diferenciados y procedimientos más estrictos”, dice Bueno. “Al final toda esta experiencia nos sirve para responder de una forma precoz, coordinada y prudente sin generar alarmas innecesarias”.

En España, la atención urgente supone aproximadamente 33,6 millones de consultas anuales en atención primaria, cerca de 25 millones en hospitales y 8,15 millones en los servicios del 112 y el 061, según informa la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES).

La función de estos profesionales resulta fundamental, ya que no solo proporcionan cuidados y vigilan la evolución de los síntomas, sino que garantizan que se cumplan los protocolos cuando existen urgencias sanitarias. “Nuestro trabajo es fundamental; la pandemia de la COVID-19 puso en valor el papel estratégico que tenemos en salud pública y en la gestión de las crisis sanitarias”, señala Bueno.

No obstante, este tipo de situaciones tampoco son fáciles para estos profesionales sanitarios y generan una carga emocional al estar expuestos (aunque protegidos) a un brote vírico. “La pandemia nos ha legado muchísima evidencia científica sobre el estrés, ansiedad y fatiga emocional que sentimos las enfermeras al trabajar en contextos de incertidumbre o riesgo biológico”, explica la experta.