Un asunto crucial que aún persiste en la investigación científica es determinar exactamente cuándo y dónde ocurrió por primera vez la vida en nuestro planeta. Durante las últimas décadas, una gran parte de los estudios se han concentrado en las profundidades oceánicas, cerca de sistemas hidrotermales y lejos del alcance directo de la luz solar. Un entorno que a nuestros criterios humanos parece poco apto para la vida, pero donde se presentan condiciones estables y abundantes de compuestos químicos, gradientes de temperatura y otros fenómenos propicios para la emergencia de la vida.
Un reciente estudio publicado por Cinquemani y Lutz (2026) sugiere que la búsqueda del origen de la vida podría extenderse más allá de los tradicionales ambientes marinos, hacia una zona que normalmente se asocia con eventos catastróficos: los cráteres de impacto. Aunque los sistemas hidrotermales submarinos son generalmente resultado de las dinámicas internas del planeta, los impactos también pueden generar sistemas hidrotermales duraderos.
La importancia de estos lugares se descubrió recientemente, a finales de la década de 1970. Una expedición submarina al Rift de las Galápagos reveló un ecosistema inédito donde existen organismos que no dependen de la fotosíntesis ni del oxígeno generado por estas reacciones. La dificultad para acceder y fotografiar estos lugares a miles de metros bajo el agua, en condiciones oscuros y de alta presión, explican por qué este descubrimiento se produjo relativamente tarde.
La ausencia total de luz solar en estos sitios permitió la aparición del fenómeno conocido como quimiosíntesis. Este proceso permite a los organismos vivos transformar energía química de compuestos inorgánicos para sintetizar moléculas orgánicas. Los sistemas hidrotermales, ubicados en el fondo del océano, funcionan gracias al calor originado por la corteza terrestre y las reacciones geoquímicas que liberan elementos y compuestos desde las rocas hacia el agua.
No todos los sistemas hidrotermales son iguales. Un ejemplo destacable es en la dorsura del Pacífico oriental, donde erupciones volcánicas pueden destruir comunidades enteras de cefalópodos tubulares y generar “chimeneas” de baja temperatura llamadas “quitanieves”. Estos organismos han desarrollado adaptaciones como la síntesis del azúcar trehalosa, que les permite soportar las altas temperaturas del agua.
En la cuenca de Guaymas, en el Golfo de California, los sedimentos ricos en carbono y la alta velocidad de sedimentación generan compuestos orgánicos como metano, propano y butano. Estos sistemas hidrotermales, además de proporcionar energía a las comunidades microbianas, pueden ser cruciales para el origen de la vida, incluyendo arqueas que oxidan el metano en condiciones anaeróbicas.
En la Ciudad Perdida, cerca del macizo de Atlantis y cerca de la dorsura Atlántica, se observa un proceso denominado serpentinización. Este fenómeno ocurre entre el agua y las rocas ricas en hierro y magnesio, liberando calor e hidrógeno, y es fundamental para el origen de la vida no solo en la Tierra, sino también en otros planetas del Sistema Solar.
El desafío a superar aún se conoce como “paradoja del agua”. Aunque el agua es esencial para la vida, también puede ser un agente que rompe los enlaces de polímeros frágiles como el ARN a través de reacciones de hidrólisis. Este problema podría haber sido superado por los impactos contra la superficie de la Tierra durante la etapa Hádica y Arcaica, cuando estos sistemas hidrotermales formados por impactos podrían haber proporcionado condiciones adecuadas para el origen de la vida.
Durante los eones Hádico y Arcaico, la Tierra sufrió un periodo intenso de colisiones espaciales, lo que pudo generar un entorno propicio para la vida en contraste con la extinción del límite K/Pg. Un impacto grande podría crear una fuente de calor que mantiene temperaturas habitables durante miles o millones de años, facilitando el desarrollo de la química prebiótica.
Los cráteres de impacto, como el Haughton en el Ártico canadiense y Chicxulub, demuestran que estos sistemas pueden mantener temperaturas habitables para microorganismos durante largos periodos. El agua puede evaporarse y volver a rellenarse, permitiendo la formación de polímeros más largos sin ser destruidos por las reacciones de hidrólisis.
Los lagos en el interior de los cráteres podrían ofrecer agua dulce con una menor salinidad, mayor diversidad ambiental y posibilidades de cambios de fase. Este último aspecto es especialmente relevante para la síntesis de bases nucleicas, aminoácidos y ácidos carboxílicos, más fácil de replicar en este tipo de entorno que en el fondo del océano.
Esta investigación no solo cambia nuestra perspectiva sobre el origen de la vida en nuestro planeta sino también nos invita a buscar vida en otros cuerpos celestes. Marte y algunos satélites del Sistema Solar, como Europa y Encélado, podrían albergar sistemas similares, ofreciendo esperanzas para futuras misiones de exploración.
La geología será una herramienta crucial para desentrañar estos ambientes habitables del registro rocoso. La respuesta a si la Tierra y otros lugares del Sistema Solar no tuvieron un único lugar propicio, sino varios, ampliará nuestra perspectiva en la búsqueda de vida más allá de nuestro planeta.