En un episodio reciente que recordé mientras leía opiniones sobre el trato diferencial hacia las mujeres en términos de edad y maternidad, me vi removida en retrospectiva. Esa experiencia se produjo cuando tenía 23 años, una edad a la que muchas veces no nos sentimos del todo seguras o reconocidas.
Recuerdo que acababa de conseguir un contrato laboral en una empresa deseada, después de años de esfuerzos y esperanzas. Nos trasladamos a Barcelona para formalizar el proceso, aprovechando la oportunidad para explorar la ciudad juntos como pareja. A pesar del agotamiento del viaje, decidimos hacer un breve paseo por la urbe.
Visitamos monumentos gratuitamente y disfrutamos de una excursión guiada con propina, antes de almorzar en un restaurante local. La tarde se nos hizo larga mientras esperábamos para regresar a casa. Fue entonces cuando notamos a una captadora de una ONG que llamaremos “Ayudemos a los chiquillos” intentando recaudar fondos.
Mi pareja, al vernos acercarnos, decidió dar media vuelta y huir, dejándome con la palabra en la boca. La conversación había sido incómoda y cargada de una dinámica que desencadenó enojos profundos, similar a la ira de Daenerys Targaryen.
En esa situación, me sentí profundamente ofendida por comentarios machistas y presuntuosos. Decidimos alejarnos sin decir ni una palabra, con ella riéndose de la situación. Ese día, que debería haber sido uno de relax y relajación, se transformó en una experiencia negativa.
De ahí en adelante, evité colaborar con esa ONG, consciente de que las opiniones sobre causas benéficas no siempre son bienvenidas ni necesarias. Aunque entiendo la importancia de la solidaridad, creo firmemente en los límites y que nuestras opiniones personales, aunque puedan generar calorías de enojo, no son necesariamente universales para todos.
Este episodio me hizo reflexionar sobre la percepción de las mujeres y el trato diferencial. Es crucial respetar la autonomía individual y no imponer opiniones o acciones que no se han solicitado.