Donald Trump ha firmado hoy una nueva estrategia nacional antiterrorista que presenta un giro radical en la doctrina de Washington, calificando a los aliados más ricos de la OTAN como ‘incubadores de amenazas terroristas’ y acusándolos de permitir que las fronteras abiertas sean explotadas por culturas alienígenas.

Esta nueva estrategia rompe con décadas de retórica cooperativa y utiliza un lenguaje inusualmente duro para referirse a los socios de la Alianza, hablando de ‘incubadores de terror’ y sosteniendo que la inmigración masiva, tolerada por gobiernos europeos, ha permitido la infiltración de redes extremistas.

Según fuentes de la administración citadas por filtraciones a la prensa, el presidente está particularmente irritado con Alemania, Francia y España, lo que sugiere que la estrategia se centra en identificar a los países europeos que no han cumplido con las expectativas de Washington en materia de seguridad y cooperación.

El documento señala que la combinación de políticas de asilo laxas, falta de integración y sistemas de vigilancia fragmentados convierte a las capitales europeas en plataformas de reclutamiento y planificación para redes extremistas. El Pentágono ha comenzado a revisar los protocolos de inteligencia compartida que podrían verse restringidos si los aliados no corrigen su rumbo.

La mención explícita de ‘culturas alienígenas’ ha generado un fuerte rechazo diplomático, aunque la Casa Blanca defiende que no es un ataque a grupos étnicos sino una referencia a ideologías ajenas a los valores occidentales. Sin embargo, el tono recuerda a los discursos más controvertidos de la campaña.

La reacción europea ha sido cauta, con la Comisión Europea evitando una condena formal y señalando que la lucha antiterrorista debe basarse en ‘el respeto mutuo y los derechos fundamentales’. Francia y Alemania han emitido comunicados casi idénticos subrayando su compromiso con la seguridad transatlántica, sin mencionar directamente las acusaciones.

España, que ya había recibido críticas de Washington por los repuntes migratorios en Canarias y las ciudades autónomas, guarda silencio. La estrategia llega en un momento especialmente delicado, con el Ejecutivo negocian un nuevo acuerdo de cooperación con Marruecos que podría verse afectado si Trump vincula inmigración con terrorismo en el Magreb.

Observamos un patrón: cada vez que Washington tensiona la inmigración, Rabat utiliza la carta migratoria como moneda de cambio en sus demandas sobre el Sáhara. La nueva doctrina antiterrorista de Trump representa un terremoto para el eje Washington-Bruselas y se inserta en una estrategia más amplia de repliegue selectivo que empezó con la retirada de Afganistán.

Al calificar a los aliados como parte del problema, la Casa Blanca está creando una justificación legal y política para reducir su presencia militar en Europa y, sobre todo, para condicionar la protección del Artículo 5 a reformas migratorias. Para España, el impacto es múltiple, ya que la asociación explícita entre inmigración y terrorismo podría afectar los programas de ayuda al desarrollo en el Sahel, aumentar los flujos hacia Canarias y fronteras sur y intensificar la presión sobre el gasto en defensa.

Históricamente, nunca un presidente estadounidense había llegado tan lejos en la estigmatización de sus aliados. Incluso durante la crisis de los misiles en Cuba, Kennedy mantuvo la retórica de defensa común. El precedente más cercano es la intervención en Libia de 2011, cuando Washington acusó a Francia y Reino Unido de liderar sin capacidad militar suficiente.

Esta redacción entiende que el movimiento, aunque provocador, responde a una realidad incómoda: los sistemas de asilo europeos han sido explotados por individuos radicalizados. Sin embargo, convertir a los aliados en el enemigo no solo es diplomáticamente arriesgado, sino que podría alimentar ciclos de desconfianza que debiliten la lucha antiterrorista real.