Perder varios kilos con una dieta estricta es solo el primer paso: el verdadero reto radica en mantener esos kilogramos perdidos sin caer en el efecto rebote. En este contexto, caminar se ha consolidado como una herramienta crucial para combatir el temido rebrote y hacer de la actividad física diaria un ejercicio eficaz.

Un conjunto de estudios presentados en el Congreso Europeo sobre Obesidad, celebrado en Estambul, y publicados en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health, señala que dar 8.500 pasos al día podría ser el punto ideal para mantener la pérdida de peso obtenida con una dieta. A diferencia del objetivo tradicional de los 10.000 pasos, este umbral parece más realista y respaldado por datos.

Según los investigadores, el gran desafío en el tratamiento de la obesidad no radica tanto en adelgazar cuanto en mantener esa pérdida a largo plazo. Los datos muestran que alrededor del 80% de las personas con sobrepeso u obesidad que logran bajar de peso suelen recuperar parte de ese peso en un período de tres a cinco años.

El profesor Marwan El Ghoch, del Departamento de Ciencias Biomédicas, Metabólicas y Neuronales de la Universidad de Módena y Reggio Emilia (Italia), resume el problema con claridad: el objetivo clínico clave es prevenir la recuperación del peso. En este sentido, encontrar una estrategia simple, medible y sostenible en el tiempo tiene un valor especial tanto para pacientes como para profesionales de la salud.

Hasta ahora, muchos programas de control de peso incluían recomendaciones genéricas como “caminar más” o acercarse a los 10.000 pasos diarios. Sin embargo, no estaba claro cuántos pasos eran realmente necesarios para marcar la diferencia y si ese esfuerzo ayudaba de verdad a mantener el peso después de una dieta.

Caminar se ha convertido en uno de los consejos más repetidos en consultas y campañas de salud pública debido a su facilidad, accesibilidad y adaptabilidad a cualquier rutina diaria. Sin embargo, su impacto concreto sobre la estabilidad del peso exigía una revisión rigurosa de la evidencia científica disponible.

Un metaanálisis con más de 3.700 personas y 18 ensayos clarificó esa incógnita. Un equipo de Italia y Líbano llevó a cabo una revisión sistemática y un metaanálisis de ensayos clínicos centrados en el número de pasos diarios y el mantenimiento del peso tras una dieta. En total se analizaron 18 ensayos controlados aleatorios, de los cuales 14 se incluyeron en el análisis cuantitativo final.

Estos 14 estudios reunieron a 3.758 participantes con sobrepeso u obesidad, con una edad media cercana a los 53 años y un índice de masa corporal alrededor de 31 kg/m². Los ensayos procedían de países como Reino Unido, Estados Unidos, Australia y Japón, lo que proporciona una visión amplia sobre distintos contextos de vida y sistemas sanitarios.

Los investigadores compararon dos grandes grupos: por un lado, 1.987 personas integradas en programas de modificación del estilo de vida, que combinaban pautas dietéticas con recomendaciones para caminar más; por otro, 1.771 participantes que solo seguían una dieta o no recibían orientación específica sobre la actividad física.

Al inicio de los ensayos, ambos grupos mostraban niveles de actividad física muy similares, con un promedio cercano a los 7.200 pasos diarios (7.280 en el grupo activo frente a 7.180 en el grupo de control). La evolución fue muy distinta. Las personas que no modificaron su rutina ni recibieron instrucciones para caminar más no aumentaron su número de pasos de manera relevante y, en consecuencia, tampoco registraron pérdidas significativas de peso.

En cambio, quienes participaron en los programas integrales de cambio de hábitos sí lograron elevar su actividad diaria. Al final de la fase de adelgazamiento, el grupo activo alcanzó una media de 8.454 pasos al día, es decir, más de 1.000 pasos adicionales respecto al punto de partida. Este incremento fue acompañado por una pérdida media del 4,39% del peso corporal, lo que equivale aproximadamente a cuatro kilogramos.

La clave estuvo en que esa mejora no se quedó solo durante la fase inicial. Durante la fase de mantenimiento, los participantes mantuvieron un nivel de actividad relativamente alto, con una media de 8.241 pasos diarios, y consiguieron conservar la mayor parte de los kilos perdidos, registrando una reducción estable del 3,28% del peso inicial (en torno a tres kilogramos).

Esta tendencia se repite en los distintos ensayos analizados: cuando el aumento de pasos se sostiene en el tiempo, la recuperación del peso perdido se reduce de forma apreciable. En cambio, si la actividad vuelve a niveles previos a la dieta, el riesgo de efecto rebote aumenta claramente.

La revisión cuestiona la idea extendida de que es imprescindible llegar a los 10.000 pasos diarios para notar beneficios claros sobre el peso. Según los autores, los datos muestran que las ventajas empiezan antes de alcanzar ese listón y pueden estabilizarse sin necesidad de llegar a esa cifra redonda, algo que además se alinea con comparativas sobre caminar, correr o nadar.

El análisis de los ensayos indica que el rango de actividad donde se observa un mejor mantenimiento del peso tras la dieta se sitúa alrededor de 8.500 pasos diarios. Esta cifra funciona como especie de umbral práctico: por encima de ese nivel parece que el organismo dispone de un “colchón” metabólico que dificulta la recuperación rápida de los kilos perdidos.

Los investigadores destacan que el incremento de pasos fue especialmente importante durante la fase de pérdida de peso y, sobre todo, en el mantenimiento posterior. No se trata solo de moverse más mientras se está haciendo dieta, sino de convertir esa rutina de caminatas en un hábito sostenido una vez que finaliza la fase más estricta.

Un hallazgo llamativo es que caminar más no se asoció con una pérdida de peso mucho mayor durante la propia dieta. En ese periodo, factores como la reducción de la ingesta calórica, el tipo de alimentos consumidos o el control de porciones siguen teniendo un peso decisivo frente al ejercicio moderado.

Donde la caminata marca la diferencia es después: los pasos adicionales actúan como una especie de seguro frente al efecto rebote, ayudando a estabilizar el metabolismo y la composición corporal para que el cuerpo no tienda a regresar al peso previo.

Una estrategia sencilla y asequible para la población adulta es fijar una meta de 8.500 pasos diarios, fácilmente medible por cualquier persona con relojes, pulseras o teléfonos móviles que incluyen un contador de pasos. Frente a rutinas deportivas complejas o planes de ejercicio de alta intensidad, caminar se considera seguro y de bajo impacto incluso para personas con obesidad, diabetes o problemas articulares leves.

Los resultados del metaanálisis ofrecen a médicos, endocrinólogos, nutricionistas y otros profesionales una referencia concreta para sus recomendaciones: no se trata solo de “hacer más ejercicio”, sino de apuntar a un número de pasos que ha demostrado estar asociado con menos probabilidad de recuperar el peso tras la dieta.

Más allá del peso, caminar de forma habitual aporta beneficios adicionales. Organismos especializados en diabetes y salud cardiovascular recuerdan que la actividad física moderada mejora el control de la glucosa en sangre y aumenta la sensibilidad a la insulina.

Además, las caminatas regulares se han relacionado con una reducción del riesgo de enfermedad cardiovascular, menor presión arterial, aumento del colesterol HDL (el llamado “colesterol bueno”) y descenso del LDL (el “malo”). Todo ello se traduce en una menor probabilidad de eventos como infartos o ictus, especialmente relevante en personas con sobrepeso u obesidad.

En el plano psicológico, mantener una rutina de pasos diarios suele asociarse con mejoras en el estado de ánimo y agilidad mental. Actividades como caminar al aire libre, en parques o zonas verdes, pueden contribuir también a disminuir el estrés y favorecer el descanso nocturno.

Los expertos insisten en que, aunque esta intervención es sencilla, la caminata debe contemplarse como parte de un cambio de estilo de vida más amplio que incluya alimentación equilibrada, sueño suficiente y reducción de hábitos nocivos como el tabaquismo o el consumo excesivo de alcohol.

Los hallazgos presentados en el Congreso Europeo sobre Obesidad coinciden en un mensaje clave: no basta con perder peso; hay que aprender a conservarlo. En ese proceso, fijar una meta concreta de actividad como los 8.500 pasos diarios se presenta como una herramienta práctica, asequible y adaptable para gran parte de la población adulta, complementando —pero no sustituyendo— una alimentación cuidada y el seguimiento profesional.